Erupción Volcán Villarrica 2015

En diciembre de 2014, mi amigo —y hoy eterno compañero de recuerdos— Manuel Gedda me reveló en confidencia una advertencia inquietante: el Volcán Villarrica, nuestro gigante cotidiano, despertaría en menos de seis meses.

Sus palabras quedaron grabadas en mi mente. A partir de fines de enero comencé a fotografiarlo cada día. El volcán ya mostraba señales: fumarolas, gases, una presencia más viva que nunca. Era como si algo en su interior estuviera por desatarse.

Con la llegada de marzo, la actividad del macizo se intensificó. El día 3, con el Villarrica convertido en noticia nacional, sentí que necesitaba una foto distinta, única. No bastaba con lo que circulaba en las redes. Así nació la idea de subir por la ruta hacia la Laguna Azul, en la cara oculta del volcán. Esa tarde me acompañaron una colega, un periodista de Las Últimas Noticias, un amigo y, como siempre, Araceli, mi compañera de todas estas locuras.

La caminata fue dura. Llegamos a la cima cerca de las 11 de la noche, empapados por la llovizna, tiritando de frío, con la esperanza clavada en los ojos… pero el volcán estaba cubierto. Nada se veía. Decidí bajar: la montaña no perdona, y quedarse allí era tentar al destino.

A las 2 de la madrugada alcanzamos los autos y partimos rumbo a Pucón. Entonces, como si el volcán hubiera estado esperando ese momento, la tierra rugió. Cerca de las 3 am la actividad se disparó. Dejamos al periodista y volvimos a toda prisa hacia el Parque Nacional Villarrica.

Monté la cámara en el trípode mientras le advertía a Araceli: “Si explota, corre al auto con la cámara. No mires atrás.” Apenas terminé de asegurar el vehículo, todo el entorno se iluminó de un amarillo cegador. Al mirar por el retrovisor vi la explosión: un estallido colosal, aterrador, que hizo vibrar la noche. En segundos apareció Araceli corriendo hacia mí, cargando la cámara y el trípode. Le abrí la puerta mientras, entre torpeza y desesperación, intentábamos meter el equipo dentro. Al tercer intento lo logramos.

Encendí el motor y bajamos a toda velocidad, superando los 100 km/h, mientras el volcán rugía a nuestras espaldas. La adrenalina nos empujaba, temiendo que un alud cerrara el camino en cualquier instante. Pero la montaña nos dejó pasar. Y así, entre miedo, asombro y alivio, fuimos testigos de una de las noches más intensas de nuestras vidas.
Comparte
Comparte
Comparte
Comparte
Carrito de compra