Caminando por el camino largo a la Laguna Azul

La primera vez que fui a la Laguna Azul, en 2014, la experiencia fue muy distinta a lo que imaginaba. Por desconocimiento y una mala orientación que me habían dado, decidí ingresar por el Parque Nacional Villarrica. Según lo que me habían comentado, el trayecto no superaba las 4 horas de caminata, así que partí confiado a eso de las 8:30 de la mañana. Como no pude entrar en vehículo, sumé 2 kilómetros adicionales antes de siquiera comenzar.

Apenas inicié, el letrero me sorprendió: “Laguna Azul → 24 km”. Pensé que debía estar equivocado, ya que me habían asegurado que eran solo 4 horas de camino. Como me consideraba buen caminante, no lo dudé y avancé. Pasaron 4 horas, había subido y bajado dos cerros, pero al frente se levantaba otro más. Algo no cuadraba.

Seguí hasta las 14:00 horas y, por fin, encontré un letrero que decía: “Laguna Azul → 4 km”. Para entonces ya llevaba 20 kilómetros recorridos por un sendero exigente. Era otoño, los días más cortos y el clima fresco, así que decidí que lo más sensato era detenerme, almorzar y regresar.

El retorno fue otra historia. Eran las 17:00 y el sol ya caía. Para las 17:30 el horizonte lo había escondido por completo, mientras la luna iluminaba el cielo. El atardecer era tan maravilloso que no pude resistir fotografiarlo. Pero pronto recordé algo crucial: había un tramo de unos 600 metros en el que, sin la poca luz que quedaba, podría perderme en la montaña. Apuré el paso, incluso corrí. El miedo se apoderó de mí: pensé en la oscuridad, en el frío, en un posible encuentro con un puma.

Mientras avanzaba, recordé que había un sector del sendero donde la huella se confundía entre plantas rastreras. Si de día era difícil distinguirla, de noche sería casi imposible. Sin embargo, la luna se convirtió en mi aliada, iluminando mi camino. Solo llevaba el celular, que podía usar como linterna, pero preferí aprovechar esa luz natural. Más abajo, la neblina y las nubes me quitaron esa ventaja, obligándome a encender el flash del teléfono y a confiar en mi instinto. Entre quilas y árboles, la tensión era enorme, pero debía seguir.

A las 21:00 comenzó a llover levemente. Por fortuna, el sendero en esa parte era más ancho, abierto y visible, lo que alivió la presión. Finalmente luego de caminar 44km, a las 23:00, llegué a mi auto, cansado, empapado, pero sano y salvo.

Sin duda fue una experiencia intensa, llena de aprendizajes. Y, como toda buena aventura, no me rendí: la semana siguiente volví, esta vez por el camino correcto. Fue otro desafío, y también otra gran historia.

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