En junio de 2011, apenas unas horas después de iniciada la erupción del Cordón Caulle, partí desde Villarrica a las dos de la madrugada con la idea fija de fotografiar aquel momento único. Tras manejar durante la noche, el amanecer me encontró bajo el imponente hongo de cenizas que cubría el cielo.
En medio del campo, pregunté a un lugareño cómo acercarme al cráter. Su respuesta, cargada de asombro y advertencia, fue clara: “yo no iría”. Pero mi determinación pudo más. Me indicó que debía dirigirme hacia el sector de Los Venados y desde allí subir hacia las faldas del volcán.
Comencé a caminar a las nueve de la mañana y, tras horas de esfuerzo, logré llegar a unos cuatro kilómetros del cráter alrededor de las 13:00 hrs. El suelo temblaba bajo mis pies y el rugido de la erupción se escuchaba con una fuerza indescriptible, envolviendo todo el paisaje.
De pronto, un silencio extraño fue interrumpido por el estampido de animales corriendo ladera abajo. Fue el instinto el que me movió: corrí junto a ellos, sintiendo por primera vez un temor profundo ante la magnitud de la naturaleza.
Aquella experiencia no solo me regaló imágenes irrepetibles, sino también la certeza de que la fotografía es, muchas veces, un encuentro directo con la fuerza y los límites de nuestro propio coraje.













